Mantén la lámpara encendida

Una noche cuando tenía unos 16 años, salí de mi casa molesto diciéndole alguna tontería a mi madre que ni recuerdo y seguro haciéndola sentir mal. Al regresar, creí que estaría molesta y que discutiríamos de nuevo. Tengo la imagen grabada de cuando llegué; me había dejado una lámpara de la sala encendida; algo que solo hacía en esas situaciones, y una sopita en la cocina. Por algún motivo esa vez me impactó para siempre, me hizo sentir tan amado que me samaqueó.

Así era mi madre; como muchas mamás, supo cultivar esa incondicionalidad en su corazón y dejármela como uno de sus mayores regalos. Recuerdo que cuando era más testarudo, malcriado y fastidioso; era cuando más se le activaba la incondicionalidad. 

Me vino este recuerdo porque hace unas semanas compartí un video sobre la empatía y la importancia de conectar, una capacidad que parece solo posible desde del amor incondicional. Estar ahí para los demás y para uno mismo sin juzgar.

Para mí lo más difícil es ser incondicional conmigo; cada vez que me equivoco, me cuesta perdonarme y tratarme con cariño. Una lámpara encendida siempre me conmueve, me recuerda la experiencia de sentirme plenamente amado. Esa sensación me renueva el coraje para sumergirme sin miedo en mis sombras y recordar el enorme poder transformador que deviene de un proceso compasivo y valiente por nuestra ¨pequeñez¨.

Una de las frases que más me impactaron en mi desarrollo fue; ¨JuanCa, por qué eres tan duro contigo, ese también eres tú, y ese, también merece ser amado¨. Recuerdo que me descuadró, no había contemplado nunca la posibilidad de amar lo que no me gustaba de mí.

Una lámpara encendida es una constante invitación a recordar que somos dignos de amor, que estamos haciendo lo mejor que podemos, y que si lo deseas, cada día es una oportunidad para ser mejor. Recuerda que hay muchísima gente que te ama tal como eres; cuando te cueste hacerlo, de repente te sirve encender una lámpara.

Que estén muy bien, JuanCa. 

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